Perder la seña
Bajó de la lancha
tranquilo. El agua del río, con sus oscilaciones lentas y su indiferencia
cansina, le había transmitido su calma llevándose de a poco la crispación y los
rencores de ciudad. El conductor lo ayudó con las valijas y ya en tierra se
preguntó si el cargo de ese hombre seguiría siendo el de capitán, o si por
estar manejando una lancha colectivo en el Delta debería llamarlo chofer. Se
acordó de Google y pensó buscar información sobre el tema en cuanto volviera a su
casa. Levantó las valijas del suelo y empezó a caminar siguiendo las indicaciones
que había recibido por mail. Después de avanzar los primeros cinco metros, el
asunto capitán/chofer dejó de interesarle por completo.
El año que acababa de
terminar no había sido de los mejores. Otra de las crisis nacionales se asomaba
en el horizonte, cíclica, amenazante, rejuvenecida por el olvido al que había
sido relegada. Antes de que los chicos terminaran las clases ya habían decidido
con su mujer que lo mejor sería cuidarse un poco con los gastos y de ahí esas
vacaciones en el Tigre. Quince días en una de esas islas perdidas, libres de
los miedos y el consumismo típico de los centros turísticos. Él había propuesto
viajar unos días antes para asegurarse de que todo fuese tal y como mostraban
las fotos de internet. De todas formas llevaba las dos valijas con la mayoría
del equipaje. La casa estaba a unos doscientos metros de donde se había bajado,
era grande y aparentaba estar bien mantenida. A la derecha, separada por una
cerca de madera, había otra casa que parecía ocupada por más que no se viera a
nadie. Las otras dos casas que vio por el camino estaban vacías. Llegó a la
puerta después de subir los cinco escalones que separaban a la construcción del
suelo por si crecía el agua. El calor era suave y pensó que con los días se
acostumbrarían a la humedad. Apoyó las valijas y sintió los brazos livianos y
flexibles, como viejos resortes que de a poco recuperan su posición original.
Buscó entonces la llave donde le habían indicado, debajo de una maceta grande y
cuadrada que estaba junto a la puerta. Entró. Primero miró a su alrededor hasta
reconocer el espacio. Abrió las ventanas, entró las valijas y las llevó a uno
de los cuartos. Todo tal cual las fotos. Se sacó la remera transpirada y volvió
a salir. Sentado en uno de los escalones de la entrada prendió un cigarrillo.
Hacía mucho que no estaba solo. Debería llamar a su mujer para que prepara a
los chicos y le avisara a sus suegros. Si lo hacía enseguida, a la tarde del
día siguiente estarían todos ahí. Prefirió esperar. Terminó el cigarrillo y con
la colilla prendió otro. En la ciudad fumaba poco, a veces por la noche, más
que nada los fines de semana. El resto del tiempo no le daban ganas; tanto en
familia como en los recreos del trabajo le parecía como si el tabaco no tuviese
sabor ni sentido. Siguió sentado mirando la casa de al lado. Unos minutos
después sintió ruido y vio como abrían los postigos. Se descalzó y bajó los
escalones hasta quedar parado sobre el pasto. El fresco le subió desde los pies
y sintió que con ese gesto se hermana con la tierra, se conectaba con su niñez,
con los árboles que lo rodeaban y con el río que lo había acunado un rato
atrás. El ruido de una puerta que se abría lo sacó de sus pensamientos. Una
mujer joven, de pelo lacio, oscuro y mojado por el baño que se acaba de dar,
caminaba descalza del otro lado de la cerca con un toallón en la mano. Vestía
una remera de hombre que le quedaba demasiado corta, sobre todo cuando levantó
los brazos para colgar el toallón de la soga. Estaba de espaldas, mediría un
metro setenta, era flaca con esos dos kilos de más que hacen irresistible a
cualquier mujer hermosa y tenía la mejor cola que él hubiera visto hasta ese
momento. Ella terminó de colgar y volvió a la casa soltando un tímido buen día que
él no pudo contestar. Paralizado sobre el pasto sintió que el fresco de unos
minutos atrás se transformaba en frío. Con esfuerzo arrancó primero un pie y
después el otro, como si en ese tiempo le hubiesen crecido raíces. Llegó a la
casa, subió los escalones y fue hasta la pieza en donde había dejado las
valijas para buscar una remera limpia. Cuando volvió a salir, un muchacho que
no llegaría a los treinta años lo esperaba sonriente del otro lado de la cerca.
Se presentó y ofreció su ayuda para lo que fuera necesario. Vivían ahí desde el
año anterior. Él explicó que estaba de paso y preguntó si solían ver turistas. El
muchacho contó que una familia había estado para fin de año pero se habían ido
ni bien pasaron las fiestas. Mientras hablaban apareció ella. Se había cambiado
y llevaba puesto el corpiño de una bikini con un mini short blanco de licra que
dejaba trasparentar lo diminuto de su ropa interior. Él encendió otro
cigarrillo mientras se esforzaba por mirar el piso, la cara del hombre, el
cielo, o cualquier otra cosa que no fuera la entrepierna de la chica. La
conversación terminó rápido. Se excusó diciendo que tenía que hacer un llamado
y antes de entrar a la casa se dio vuelta y los vio irse caminando, abrazados,
para el lado del río. El muchacho llevaba su mano sobre la cola de ella con
total naturalidad y él pensó que ese short era demasiado ajustado. Una vez
adentro entendió que no estaba preparado. Imaginó al día siguiente la lancha de
la que bajaría su mujer con veinte kilos de más, sus suegros con otros tantos y
sus hijos que llenarían de gritos el silencio de aquel lugar. Se sentó en un
sillón de mimbre que había junto a una de las ventanas y prendió un último
cigarrillo al que no le sintió el gusto. Antes de llegar a la mitad lo tiró al
piso y lo aplastó con el talón sin darse cuenta de que seguía descalzo. Gritó
un insulto, se agarró el pie y mientras miraba la quemadura decidió que era
preferible perder la seña. De todas maneras todavía le quedaba el cupo
suficiente con la tarjeta de crédito como para pasarse diez días en la costa
atlántica.
Me encanta la impronta de tu cuento, lo leí en la revista Qu y lo vuelvo a leer acá... Recomendable. Felicitaciones!
ResponderEliminarMe alegra saber que te gustó. Muchas gracias. Saludos.
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