martes, 4 de marzo de 2014

La vuelta
Hubiese sido mejor al revés.
Los chicos miraban Toy Story acostados panza abajo en la alfombra del living. Aprovechó para ir al balcón a fumar.
Emanuel es más dulce y le gusta quedarse abrazado a la madre, franelearla un poco. A Catia en cambio, se le nota que me prefiere a mí. Si la hubiera saludado último Emanuel, ella salía con ese recuerdo pegado.
Apoyado sobre la baranda miró un rato el trajín en la calle. Era la hora del recambio. Las mujeres con bolsas del shopping parando taxis, las parejas con chicos y helados, los pibes con camisetas de futbol y las tías que tomaban el té con sus madres, dejaban lugar, se replegaban en armonía cediendo el espacio a las parejas sin hijos y los grupos de amigos, que saldrían a cenar en cuanto el reflejo del sol desapareciera de las terrazas de los edificios. Mucho más tarde, con el último de los recambios, llegarían los jóvenes a buscar en la noche aquello que el día les había negado.
Cuando estamos de vacaciones es distinto. Ella se queda. En una de esas ahora que afloja el frío podemos hacer escapadas de fin de semana.
Dejó caer la colilla y se la quedó viendo mientras pudo. Le gustaba imaginar que no llegaban al piso. Dejaría de fumar si no fuese por ella. Estaba prohibido en casi todas partes y no le gustaba que sus hijos lo vieran, por lo que fumaba cada vez menos. Calculó que con poco esfuerzo podría dejarlo. Pero ella volvía de vez en cuando con olor a cigarrillo. Levantó la mano derecha y llevó los dedos índice y mayor hasta la nariz.
Se le transparentaba todo.
Antes de tener a los chicos se vestía así para salir con él. Por eso le gustaba cuando estaban de viaje. Era como si volviera a ser la de antes o la que era ahora cuando salía. Un tiempo atrás disfrutaba de ver como la miraban los otros hombres, hasta había momentos en que ese deseo mal disimulado llegaba a excitarlo. Pero cuando ella salía sola él no encontraba nada que disfrutar.
Adentro Catia seguía acostada viendo la película y Emanuel caminaba a su alrededor. Cada tanto intentaba saltarla. Los dejó hacer un rato más. En la calle el alumbrado público terminó de encenderse. Sin ganas prendió otro cigarrillo y empezó a imaginarse con un megáfono. Desde el balcón pondría en videncia a todos los hombres que miraban descaradamente a las mujeres. Señor, a su edad puede terminar internado! Eh, pibe, mejor seguí con los videos de internet, que en la vida real hay que saber desabrochar un corpiño! Pará flaco, que si se da vuelta y te ve le arruinás el almuerzo!  El grito de Catia lo devolvió a la realidad. Emanuel le había pisado el pelo. Entró a poner orden y pasando a distancia de los chicos fue hasta la cocina a lavarse las manos. Volvió al living anunciando la hora del baño. Primero Emanuel, así Catia terminaba tranquila de ver la película. Puso a llenar la bañadera mientras juntaba algunos juguetes y preparaba la ropa limpia. No quiso perder tiempo así que prefirió cargarlo sobre su hombro, jugando al hombre de las bolsas de papas. Emanuel reía y le pegaba en la espalda. Prometió chocolates para después de cenar si se sacaba la ropa y se metía solo al agua. El chico hizo caso y una vez en la bañadera se puso a jugar. Él aprovechó para ira hasta la cocina. En la heladera no había nada. Ella siempre le dejaba la comida de los chicos preparada en un tupper. Tampoco encontró los chocolates que creía haber visto el día anterior en la alacena. De fondo se escuchaba la voz borracha de Buzz Lightyear. Finalmente había descubierto que era un juguete. El vaquero Woody quería convencerlo de que eso estaba bien. Revisó los mismos lugares varias veces. No recordaba ninguna explicación, ningún aviso sobre la falta de comida. Tampoco se sintió con ganas de cocinar; un nudo le cerraba la boca del estómago. Volvió al living con otro anuncio: Hoy pedimos pizza! Pensá qué gusto preferís mientras termino de bañar a tu hermano. Catia no respondió.
Emanuel jugaba con los cochecitos abajo del agua. Corrían carreras por el borde de la bañadera y cada tanto uno caía. Sin perder tiempo transformaba su motor y seguía compitiendo debajo del agua como un submarino de carreras. Casi siempre era ese el que ganaba. Siguió con lo coches mientras él le lavaba el pelo. Después abrió la canilla y lo enjuagó. El chico se puso a llorar. No era el shampoo. Siempre hacía lo mismo. Lo paró sin darle demasiada importancia y le enjabonó el cuerpo. Después lo volvió a sentar en la bañadera para que siguiera jugando mientras se le iba el jabón.
Catia quería con tomates y aceitunas, así que pidió napolitana con jamón, sin ajo por Emanuel y una cerveza para él. Terminó Toy Story. Le tocaba a Catia. Desde hacía un tiempo esa situación lo ponía incómodo. No estaba seguro de hacer bien al obligar a desnudarse a una nena de seis años frente a su padre. Le preguntó si quería bañarse sola. Catia lo miró un segundo y dijo que sí. Cualquier cosa me llamás. Tené cuidado, no te vayas a caer, mirá que el baño es un lugar peligroso. Volvió al living con Emanuel y se quedó pensando en si estaría cometiendo un error. Hizo zapping por los canales de dibujitos hasta que el chico eligió uno donde había un mono y un señor con sombrero amarillo. Al rato lo llamó Catia desde el baño. Había olvidado llevarle su ropa. Entró para alcanzársela y la vio cubrirse con la toalla. Dejó todo sobre la tapa del inodoro y salió apurado.

Alcanzó a poner la mesa antes de que sonara el portero. Catia miraba la tele con su hermano aunque ahora lo trataba como si lo estuviera cuidando. Bajó apurado a recibir la pizza y al volver los chicos estaban sentados a la mesa. Le llamó la atención pero supuso que tendrían hambre. No recordó la promesa de los chocolates. Comieron mirando la tele; el mono, que se llamaba Jorge, construía un iglú. Primero lo hacía en el jardín, pero como no soportaba el frío se le ocurrió mudarse y construir otro dentro de la casa. A la mañana despierta en el medio de un charco y el señor del sombrero le explica que el hielo se derrite con el calor de las estufas. Cuando terminaron de ver al mono miró la hora. La botella de cerveza seguía sin destapar sobre la mesada y en su plato se había enfriado una porción con dos mordiscos. Ellos al menos habían comido bien. Ofreció fruta y Emanuel lo miró serio. Vos me prometiste choco… No lo dejó terminar. Los iba a traer mamá, pero se le debe haber hecho tarde. Mañana compramos.    
Perder la seña
Bajó de la lancha tranquilo. El agua del río, con sus oscilaciones lentas y su indiferencia cansina, le había transmitido su calma llevándose de a poco la crispación y los rencores de ciudad. El conductor lo ayudó con las valijas y ya en tierra se preguntó si el cargo de ese hombre seguiría siendo el de capitán, o si por estar manejando una lancha colectivo en el Delta debería llamarlo chofer. Se acordó de Google y pensó buscar información sobre el tema en cuanto volviera a su casa. Levantó las valijas del suelo y empezó a caminar siguiendo las indicaciones que había recibido por mail. Después de avanzar los primeros cinco metros, el asunto capitán/chofer dejó de interesarle por completo.

El año que acababa de terminar no había sido de los mejores. Otra de las crisis nacionales se asomaba en el horizonte, cíclica, amenazante, rejuvenecida por el olvido al que había sido relegada. Antes de que los chicos terminaran las clases ya habían decidido con su mujer que lo mejor sería cuidarse un poco con los gastos y de ahí esas vacaciones en el Tigre. Quince días en una de esas islas perdidas, libres de los miedos y el consumismo típico de los centros turísticos. Él había propuesto viajar unos días antes para asegurarse de que todo fuese tal y como mostraban las fotos de internet. De todas formas llevaba las dos valijas con la mayoría del equipaje. La casa estaba a unos doscientos metros de donde se había bajado, era grande y aparentaba estar bien mantenida. A la derecha, separada por una cerca de madera, había otra casa que parecía ocupada por más que no se viera a nadie. Las otras dos casas que vio por el camino estaban vacías. Llegó a la puerta después de subir los cinco escalones que separaban a la construcción del suelo por si crecía el agua. El calor era suave y pensó que con los días se acostumbrarían a la humedad. Apoyó las valijas y sintió los brazos livianos y flexibles, como viejos resortes que de a poco recuperan su posición original. Buscó entonces la llave donde le habían indicado, debajo de una maceta grande y cuadrada que estaba junto a la puerta. Entró. Primero miró a su alrededor hasta reconocer el espacio. Abrió las ventanas, entró las valijas y las llevó a uno de los cuartos. Todo tal cual las fotos. Se sacó la remera transpirada y volvió a salir. Sentado en uno de los escalones de la entrada prendió un cigarrillo. Hacía mucho que no estaba solo. Debería llamar a su mujer para que prepara a los chicos y le avisara a sus suegros. Si lo hacía enseguida, a la tarde del día siguiente estarían todos ahí. Prefirió esperar. Terminó el cigarrillo y con la colilla prendió otro. En la ciudad fumaba poco, a veces por la noche, más que nada los fines de semana. El resto del tiempo no le daban ganas; tanto en familia como en los recreos del trabajo le parecía como si el tabaco no tuviese sabor ni sentido. Siguió sentado mirando la casa de al lado. Unos minutos después sintió ruido y vio como abrían los postigos. Se descalzó y bajó los escalones hasta quedar parado sobre el pasto. El fresco le subió desde los pies y sintió que con ese gesto se hermana con la tierra, se conectaba con su niñez, con los árboles que lo rodeaban y con el río que lo había acunado un rato atrás. El ruido de una puerta que se abría lo sacó de sus pensamientos. Una mujer joven, de pelo lacio, oscuro y mojado por el baño que se acaba de dar, caminaba descalza del otro lado de la cerca con un toallón en la mano. Vestía una remera de hombre que le quedaba demasiado corta, sobre todo cuando levantó los brazos para colgar el toallón de la soga. Estaba de espaldas, mediría un metro setenta, era flaca con esos dos kilos de más que hacen irresistible a cualquier mujer hermosa y tenía la mejor cola que él hubiera visto hasta ese momento. Ella terminó de colgar y volvió a la casa soltando un tímido buen día que él no pudo contestar. Paralizado sobre el pasto sintió que el fresco de unos minutos atrás se transformaba en frío. Con esfuerzo arrancó primero un pie y después el otro, como si en ese tiempo le hubiesen crecido raíces. Llegó a la casa, subió los escalones y fue hasta la pieza en donde había dejado las valijas para buscar una remera limpia. Cuando volvió a salir, un muchacho que no llegaría a los treinta años lo esperaba sonriente del otro lado de la cerca. Se presentó y ofreció su ayuda para lo que fuera necesario. Vivían ahí desde el año anterior. Él explicó que estaba de paso y preguntó si solían ver turistas. El muchacho contó que una familia había estado para fin de año pero se habían ido ni bien pasaron las fiestas. Mientras hablaban apareció ella. Se había cambiado y llevaba puesto el corpiño de una bikini con un mini short blanco de licra que dejaba trasparentar lo diminuto de su ropa interior. Él encendió otro cigarrillo mientras se esforzaba por mirar el piso, la cara del hombre, el cielo, o cualquier otra cosa que no fuera la entrepierna de la chica. La conversación terminó rápido. Se excusó diciendo que tenía que hacer un llamado y antes de entrar a la casa se dio vuelta y los vio irse caminando, abrazados, para el lado del río. El muchacho llevaba su mano sobre la cola de ella con total naturalidad y él pensó que ese short era demasiado ajustado. Una vez adentro entendió que no estaba preparado. Imaginó al día siguiente la lancha de la que bajaría su mujer con veinte kilos de más, sus suegros con otros tantos y sus hijos que llenarían de gritos el silencio de aquel lugar. Se sentó en un sillón de mimbre que había junto a una de las ventanas y prendió un último cigarrillo al que no le sintió el gusto. Antes de llegar a la mitad lo tiró al piso y lo aplastó con el talón sin darse cuenta de que seguía descalzo. Gritó un insulto, se agarró el pie y mientras miraba la quemadura decidió que era preferible perder la seña. De todas maneras todavía le quedaba el cupo suficiente con la tarjeta de crédito como para pasarse diez días en la costa atlántica.
Abuso de poder
Habían internado a mi suegra. Luci la cuidaba casi todos los días y yo inventé eso de la salida de hombres para distraer a Fran.
Mi hijo en ese entonces tenía cuatro años. Durante la semana estuvimos planeando la salida, cada día le agregábamos algo nuevo y para cuando llegó el sábado las expectativas del chico se habían vuelto un desafío que por poco me deja sin dormir. Luci seguía en la clínica y con Fran nos quedamos viendo tele hasta tarde en mi cama. Cuando por fin se durmió no tuve el valor de llevarlo a su pieza; si se despertaba pasaríamos la noche en vela y la salida del sábado se estropearía por su fastidio. A eso de las cinco de la mañana me dormí, lo sé porque poco antes había escuchado al portero abrir el agua de la ducha. Antes de las nueve Fran empezó a jugar con mi cara. Me apretaba la nariz y en cuanto yo abría la boca para seguir respirando me metía un dedo adentro hasta tocarme la lengua. Me di vuelta balbuceando un reto y empezó a retorcerme la oreja que le quedaba a su alcance. Todavía dormido recordé que era el día de la salida. Abrí los ojos; sentado en la cama me miraba como debí mirar yo a mi viejo el día que me regaló la camiseta de Racing.
Desayunamos a los apurones. Varias veces traté de que se calmara pero mis amenazas tenían poco efecto y no quise llegar al enojo. La primavera acompañaba nuestros planes así que empezamos por el zoológico. Los animales siempre funcionan con los chicos y a pesar de que varios estaban en celo, la explicación de que jugaban era suficiente para calmar sus dudas. Cuando tuvimos hambre llegó el momento de seguir con la salida. Si bien podíamos comer ahí, desde el martes habíamos quedado en ir a Mc Donalds porque Fran quería el muñeco del gato con botas que venía con la cajita feliz. Tuvimos que hacer cola para pedir y esperar a que armaran el pedido, pero como le dieron el muñeco ni bien pagué la situación se hizo llevadera. Mis tripas, sin embargo, se siguieron quejando, vacías de los mates con bizcochos que había apurado hacía más de cuatro horas.       
Mientras estaba ahí me llamó la atención una chica que no tendría dieciséis años. Vestida apenas con una minifalda se paraba frente al mostrador arqueando la cintura hacia atrás. Lo poco pulido del gesto me hizo pensar en un golpista que acaba de tomar el gobierno y decide fusilar a cinco mil personas para medir su poder. Esa inseguridad la volvía más atractiva y me pareció que en cuanto desapareciera sólo quedaría una mujer letal. Una pérdida que nadie, ni siquiera yo, lamentaría. Algunos hombres la miraban sin distraerse mientras otros, dentro de los cuales me incluí, trataban de evitarla sin conseguirlo del todo.
Traté de concentrarme en mi hijo. Parado a un costado jugaba con el muñeco en el aire. Ella reía y le hacía comentarios a las dos amigas con las que estaba. Me puse a jugar con Fran. Le hice las distintas voces de los personajes de la película y él me contestaba moviendo al gato con la mano. Empecé a sentir una contractura en el cuello que busqué calmar pasándome la mano. Por suerte terminaron de armar el pedido y nos pudimos ir a buscar mesa. Tuve que cargar con la bandeja hasta el piso de arriba y una vez ahí nos sentamos junto a una ventana, lejos del pelotero. La consigna era la de siempre; primero hay que terminar la comida. Le desparramé las papas arriba de una servilleta y me puse a comer. Si bien durante la espera había olvidado el hambre, en cuanto nos alejamos del mostrador no pude pensar en otra cosa. Después de los primeros bocados levanté la vista y la vi de nuevo. Se habían sentado en la mesa de al lado. Casi tiro el vaso. Mi hijo comía de a una papa dejando enfriar su sándwich mientras jugaba con el muñeco. Le pedí que se apurara. Me miró contento y tomó jugo. Volví a hacerle las voces y eso lo distrajo más. Agarré el muñeco y lo empecé a mover sobre la mesa, jugando como si quisiera comerse nuestra comida. Fran se rió y trató de alejarlo con un movimiento brusco que hizo caer al gato. Me agaché sin darme cuenta de lo que hacía; desde ese ángulo la minifalda era menos que un recuerdo. Dejé el muñeco sobre la mesa y terminé mi hamburguesa sin decir nada más. Mi hijo me miró un segundo, después volvió a lo suyo. Afuera pasaban más autos de los que podía contar. Los colectivos parecían un tren de vagones mal enganchados y los techos amarillos de los taxis dibujaban un tetris absurdo.
Hacelos hablar, hacelos hablar.
Matías seguía sin tocar su hamburguesa. Alejé la mirada de la bandeja, de mi hijo, del salón en general y de cualquier cosa que pudiera traicionar mis intenciones de no mirarla. Le dije que hasta que no comiera no había más voces. Otra vez se quedó en silencio. De refilón pude ver como levantaba el sándwich y le daba un mordisco a desgano. Volví a la ventana y el reflejo del vidrio me dio jaque mate. De nuevo ella riéndose, acomodándose el pelo, tomando gaseosa. Agarré una papa que de tan fría parecía una barrita de grasa y la empecé a masticar. Cuando pude tragarla busqué otra y así hasta la última. Ella y sus amigas habían terminado de comer. Hablaban de la escuela, de chicos y de algunos profesores. Si bien cada tanto se acomodaba la minifalda, lo hacía más como un acto reflejo que con la intención de taparse.
¿Querés ir al pelotero?
Con más de medio sándwich en la mano, a mitad del camino que lo alejaba de la boca sin haber sido mordido, me miró una vez más.

 No.
Malestar estomacal

Gabriel está parado en el balcón. Si bien es otro personaje y la historia es diferente, el balcón es el mismo de cuentos anteriores. La chica de la inmobiliaria le había dicho que ese era un balcón con monoambiente y el inquilino anterior, al que conoció un día que fue a buscar algo que ya no estaba, le dijo que ese era sin dudas el mejor lugar del departamento. Para Gabriel es una cagada. Chico, lleno de humedad y del olor a comida de las otras casas, ni siquiera le sirve de mirador; da a un fondo sin pileta, con plantas crecidas y mal cuidadas.
Entra. Prende la tele, pasa unos diez o doce canales, le saca el volumen y va hasta la heladera con el control remoto en la mano. Abre la puerta, mira la cerveza, deja el control en uno de los estantes y agarra una botella empezada de Coca. Cierra, busca un vaso y se sirve. Tiene sed. Siente que le quedaron las achuras atragantadas.
A la tía se le escapó justo antes del matambrito a la pizza. Él había esperado toda la semana para comer ese matambre. No sólo era su plato favorito, era el lugar de reconciliación con su padre. Gabriel, que se parecía cada vez más a su abuelo, ese fantasma bajado de un barco que conoció por fotos en blanco y negro y por decenas de historias familiares, encontraba en ese almuerzo una tregua. Un descanso de tantas discusiones inútiles, tantas peleas violentas que terminaron apurando su mudanza al monoambiente a principios de ese año. Desde entonces su madre lo llama, casi siempre lunes de por medio, y le recuerda que el domingo siguiente hacen asado en casa. Gabriel confirma su presencia y empieza a segregar saliva, que no es más que otra de sus maneras de emocionarse.
Se sientan uno al lado del otro, él le da una mano para servir y abren el vino de tres ceros, como lo llama su padre, comprado en la bodega y tomado sólo un par de veces al mes, cuando se juntan a comer asado, o mejor dicho, matambre. Claro que hay que disimular. Para eso se cocinan las achuras, el asado, la bondiola, el vacío y a veces hasta ponen provoleta. Si hay invitados de los raros se asa algún papín, morrones, berenjenas y demás verduras. De la misma manera se invita a todo el mundo. No sólo son ellos, su madre y sus hermanas. También están los tíos, la tía, varios primos, algún vecino, los amigos de la familia y los infaltables novios o invitados de ocasión.
Ese domingo no habían sido tantos y primero Gabriel piensa que menos mal, aunque después le parece que en una de esas el ruido le hubiese servido para no escuchar.
Eran casi las dos, el sol de octubre se estaba portando, el humo de la parrilla se perdía rápido en un cielo limpio y las brazas mantenían el ritmo de la charla. Ya habían comido las achuras. Como de costumbre Gabriel iba a repartir los diferentes cortes de carne mientras su padre se encargaba del matambrito, casi con disimulo, en secreto, esperando que todos tuvieran el plato lleno para ofrecerlo sin ganas y terminar dividiéndolo en tres partes iguales. Una para los que sin saber de qué se trataba prometían probarlo después; las otras dos eran para ellos. Y la tía, siempre medio boluda, piensa Gabriel mientras se vuelve a servir Coca con hielo, fue a decir eso de que a su amigo le había dado un infarto de verdad. Alguien preguntó sobrador cómo eran los infartos de mentira y ella, que no sabía que Gabriel no sabía, buscando no quedar tan boluda, salió con eso de los que vienen en frasquitos como los que tomó el abuelo.
Costó varios minutos retomar la conversación que su madre llevó para el lado de las vacaciones. Gabriel trató de hacer como si nada, sirvió la carne según la rutina, comió junto a su padre el matambre y después de la sobremesa se disculpó diciendo que tenía que preparar unos exámenes para la semana siguiente.
Con el tercer vaso lleno de Coca y de hielos a medio derretir, Gabriel camina hasta el sillón y se sienta. Busca el control remoto para subir el volumen de la tele y como no lo encuentra se la queda mirando en silencio. Eructa despacio, sin ruido, y piensa que la próxima vez no va a comer tantas achuras.