martes, 4 de marzo de 2014

Abuso de poder
Habían internado a mi suegra. Luci la cuidaba casi todos los días y yo inventé eso de la salida de hombres para distraer a Fran.
Mi hijo en ese entonces tenía cuatro años. Durante la semana estuvimos planeando la salida, cada día le agregábamos algo nuevo y para cuando llegó el sábado las expectativas del chico se habían vuelto un desafío que por poco me deja sin dormir. Luci seguía en la clínica y con Fran nos quedamos viendo tele hasta tarde en mi cama. Cuando por fin se durmió no tuve el valor de llevarlo a su pieza; si se despertaba pasaríamos la noche en vela y la salida del sábado se estropearía por su fastidio. A eso de las cinco de la mañana me dormí, lo sé porque poco antes había escuchado al portero abrir el agua de la ducha. Antes de las nueve Fran empezó a jugar con mi cara. Me apretaba la nariz y en cuanto yo abría la boca para seguir respirando me metía un dedo adentro hasta tocarme la lengua. Me di vuelta balbuceando un reto y empezó a retorcerme la oreja que le quedaba a su alcance. Todavía dormido recordé que era el día de la salida. Abrí los ojos; sentado en la cama me miraba como debí mirar yo a mi viejo el día que me regaló la camiseta de Racing.
Desayunamos a los apurones. Varias veces traté de que se calmara pero mis amenazas tenían poco efecto y no quise llegar al enojo. La primavera acompañaba nuestros planes así que empezamos por el zoológico. Los animales siempre funcionan con los chicos y a pesar de que varios estaban en celo, la explicación de que jugaban era suficiente para calmar sus dudas. Cuando tuvimos hambre llegó el momento de seguir con la salida. Si bien podíamos comer ahí, desde el martes habíamos quedado en ir a Mc Donalds porque Fran quería el muñeco del gato con botas que venía con la cajita feliz. Tuvimos que hacer cola para pedir y esperar a que armaran el pedido, pero como le dieron el muñeco ni bien pagué la situación se hizo llevadera. Mis tripas, sin embargo, se siguieron quejando, vacías de los mates con bizcochos que había apurado hacía más de cuatro horas.       
Mientras estaba ahí me llamó la atención una chica que no tendría dieciséis años. Vestida apenas con una minifalda se paraba frente al mostrador arqueando la cintura hacia atrás. Lo poco pulido del gesto me hizo pensar en un golpista que acaba de tomar el gobierno y decide fusilar a cinco mil personas para medir su poder. Esa inseguridad la volvía más atractiva y me pareció que en cuanto desapareciera sólo quedaría una mujer letal. Una pérdida que nadie, ni siquiera yo, lamentaría. Algunos hombres la miraban sin distraerse mientras otros, dentro de los cuales me incluí, trataban de evitarla sin conseguirlo del todo.
Traté de concentrarme en mi hijo. Parado a un costado jugaba con el muñeco en el aire. Ella reía y le hacía comentarios a las dos amigas con las que estaba. Me puse a jugar con Fran. Le hice las distintas voces de los personajes de la película y él me contestaba moviendo al gato con la mano. Empecé a sentir una contractura en el cuello que busqué calmar pasándome la mano. Por suerte terminaron de armar el pedido y nos pudimos ir a buscar mesa. Tuve que cargar con la bandeja hasta el piso de arriba y una vez ahí nos sentamos junto a una ventana, lejos del pelotero. La consigna era la de siempre; primero hay que terminar la comida. Le desparramé las papas arriba de una servilleta y me puse a comer. Si bien durante la espera había olvidado el hambre, en cuanto nos alejamos del mostrador no pude pensar en otra cosa. Después de los primeros bocados levanté la vista y la vi de nuevo. Se habían sentado en la mesa de al lado. Casi tiro el vaso. Mi hijo comía de a una papa dejando enfriar su sándwich mientras jugaba con el muñeco. Le pedí que se apurara. Me miró contento y tomó jugo. Volví a hacerle las voces y eso lo distrajo más. Agarré el muñeco y lo empecé a mover sobre la mesa, jugando como si quisiera comerse nuestra comida. Fran se rió y trató de alejarlo con un movimiento brusco que hizo caer al gato. Me agaché sin darme cuenta de lo que hacía; desde ese ángulo la minifalda era menos que un recuerdo. Dejé el muñeco sobre la mesa y terminé mi hamburguesa sin decir nada más. Mi hijo me miró un segundo, después volvió a lo suyo. Afuera pasaban más autos de los que podía contar. Los colectivos parecían un tren de vagones mal enganchados y los techos amarillos de los taxis dibujaban un tetris absurdo.
Hacelos hablar, hacelos hablar.
Matías seguía sin tocar su hamburguesa. Alejé la mirada de la bandeja, de mi hijo, del salón en general y de cualquier cosa que pudiera traicionar mis intenciones de no mirarla. Le dije que hasta que no comiera no había más voces. Otra vez se quedó en silencio. De refilón pude ver como levantaba el sándwich y le daba un mordisco a desgano. Volví a la ventana y el reflejo del vidrio me dio jaque mate. De nuevo ella riéndose, acomodándose el pelo, tomando gaseosa. Agarré una papa que de tan fría parecía una barrita de grasa y la empecé a masticar. Cuando pude tragarla busqué otra y así hasta la última. Ella y sus amigas habían terminado de comer. Hablaban de la escuela, de chicos y de algunos profesores. Si bien cada tanto se acomodaba la minifalda, lo hacía más como un acto reflejo que con la intención de taparse.
¿Querés ir al pelotero?
Con más de medio sándwich en la mano, a mitad del camino que lo alejaba de la boca sin haber sido mordido, me miró una vez más.

 No.

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