Abuso de poder
Habían internado a mi suegra. Luci la cuidaba
casi todos los días y yo inventé eso de la salida de hombres para distraer a
Fran.
Mi hijo en ese entonces tenía cuatro años.
Durante la semana estuvimos planeando la salida, cada día le agregábamos algo
nuevo y para cuando llegó el sábado las expectativas del chico se habían vuelto
un desafío que por poco me deja sin dormir. Luci seguía en la clínica y con
Fran nos quedamos viendo tele hasta tarde en mi cama. Cuando por fin se durmió
no tuve el valor de llevarlo a su pieza; si se despertaba pasaríamos la noche
en vela y la salida del sábado se estropearía por su fastidio. A eso de las
cinco de la mañana me dormí, lo sé porque poco antes había escuchado al portero
abrir el agua de la ducha. Antes de las nueve Fran empezó a jugar con mi cara.
Me apretaba la nariz y en cuanto yo abría la boca para seguir respirando me
metía un dedo adentro hasta tocarme la lengua. Me di vuelta balbuceando un reto
y empezó a retorcerme la oreja que le quedaba a su alcance. Todavía dormido
recordé que era el día de la salida. Abrí los ojos; sentado en la cama me
miraba como debí mirar yo a mi viejo el día que me regaló la camiseta de
Racing.
Desayunamos a los apurones. Varias veces
traté de que se calmara pero mis amenazas tenían poco efecto y no quise llegar
al enojo. La primavera acompañaba nuestros planes así que empezamos por el zoológico.
Los animales siempre funcionan con los chicos y a pesar de que varios estaban
en celo, la explicación de que jugaban era suficiente para calmar sus dudas.
Cuando tuvimos hambre llegó el momento de seguir con la salida. Si bien
podíamos comer ahí, desde el martes habíamos quedado en ir a Mc Donalds porque
Fran quería el muñeco del gato con botas que venía con la cajita feliz. Tuvimos
que hacer cola para pedir y esperar a que armaran el pedido, pero como le
dieron el muñeco ni bien pagué la situación se hizo llevadera. Mis tripas, sin
embargo, se siguieron quejando, vacías de los mates con bizcochos que había
apurado hacía más de cuatro horas.
Mientras estaba ahí me llamó la atención una
chica que no tendría dieciséis años. Vestida apenas con una minifalda se paraba
frente al mostrador arqueando la cintura hacia atrás. Lo poco pulido del gesto me
hizo pensar en un golpista que acaba de tomar el gobierno y decide fusilar a
cinco mil personas para medir su poder. Esa inseguridad la volvía más atractiva
y me pareció que en cuanto desapareciera sólo quedaría una mujer letal. Una
pérdida que nadie, ni siquiera yo, lamentaría. Algunos hombres la miraban sin
distraerse mientras otros, dentro de los cuales me incluí, trataban de evitarla
sin conseguirlo del todo.
Traté de concentrarme en mi hijo. Parado a un
costado jugaba con el muñeco en el aire. Ella reía y le hacía comentarios a las
dos amigas con las que estaba. Me puse a jugar con Fran. Le hice las distintas
voces de los personajes de la película y él me contestaba moviendo al gato con
la mano. Empecé a sentir una contractura en el cuello que busqué calmar
pasándome la mano. Por suerte terminaron de armar el pedido y nos pudimos ir a
buscar mesa. Tuve que cargar con la bandeja hasta el piso de arriba y una vez
ahí nos sentamos junto a una ventana, lejos del pelotero. La consigna era la de
siempre; primero hay que terminar la comida. Le desparramé las papas arriba de
una servilleta y me puse a comer. Si bien durante la espera había olvidado el
hambre, en cuanto nos alejamos del mostrador no pude pensar en otra cosa.
Después de los primeros bocados levanté la vista y la vi de nuevo. Se habían
sentado en la mesa de al lado. Casi tiro el vaso. Mi hijo comía de a una papa
dejando enfriar su sándwich mientras jugaba con el muñeco. Le pedí que se apurara.
Me miró contento y tomó jugo. Volví a hacerle las voces y eso lo distrajo más.
Agarré el muñeco y lo empecé a mover sobre la mesa, jugando como si quisiera
comerse nuestra comida. Fran se rió y trató de alejarlo con un movimiento
brusco que hizo caer al gato. Me agaché sin darme cuenta de lo que hacía; desde
ese ángulo la minifalda era menos que un recuerdo. Dejé el muñeco sobre la mesa
y terminé mi hamburguesa sin decir nada más. Mi hijo me miró un segundo,
después volvió a lo suyo. Afuera pasaban más autos de los que podía contar. Los
colectivos parecían un tren de vagones mal enganchados y los techos amarillos
de los taxis dibujaban un tetris absurdo.
Hacelos
hablar, hacelos hablar.
Matías seguía sin tocar su hamburguesa. Alejé
la mirada de la bandeja, de mi hijo, del salón en general y de cualquier cosa
que pudiera traicionar mis intenciones de no mirarla. Le dije que hasta que no
comiera no había más voces. Otra vez se quedó en silencio. De refilón pude ver
como levantaba el sándwich y le daba un mordisco a desgano. Volví a la ventana
y el reflejo del vidrio me dio jaque mate. De nuevo ella riéndose, acomodándose
el pelo, tomando gaseosa. Agarré una papa que de tan fría parecía una barrita
de grasa y la empecé a masticar. Cuando pude tragarla busqué otra y así hasta
la última. Ella y sus amigas habían terminado de comer. Hablaban de la escuela,
de chicos y de algunos profesores. Si bien cada tanto se acomodaba la
minifalda, lo hacía más como un acto reflejo que con la intención de taparse.
¿Querés
ir al pelotero?
Con más de medio sándwich en la mano, a mitad
del camino que lo alejaba de la boca sin haber sido mordido, me miró una vez
más.
No.
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