Malestar estomacal
Gabriel está parado en el balcón. Si bien es otro personaje
y la historia es diferente, el balcón es el mismo de cuentos anteriores. La
chica de la inmobiliaria le había dicho que ese era un balcón con monoambiente
y el inquilino anterior, al que conoció un día que fue a buscar algo que ya no
estaba, le dijo que ese era sin dudas el mejor lugar del departamento. Para
Gabriel es una cagada. Chico, lleno de humedad y del olor a comida de las otras
casas, ni siquiera le sirve de mirador; da a un fondo sin pileta, con plantas
crecidas y mal cuidadas.
Entra. Prende la tele, pasa unos diez o doce canales, le
saca el volumen y va hasta la heladera con el control remoto en la mano. Abre
la puerta, mira la cerveza, deja el control en uno de los estantes y agarra una
botella empezada de Coca. Cierra, busca un vaso y se sirve. Tiene sed. Siente
que le quedaron las achuras atragantadas.
A la tía se le escapó justo antes del matambrito a la pizza.
Él había esperado toda la semana para comer ese matambre. No sólo era su plato
favorito, era el lugar de reconciliación con su padre. Gabriel, que se parecía
cada vez más a su abuelo, ese fantasma bajado de un barco que conoció por fotos
en blanco y negro y por decenas de historias familiares, encontraba en ese
almuerzo una tregua. Un descanso de tantas discusiones inútiles, tantas peleas
violentas que terminaron apurando su mudanza al monoambiente a principios de
ese año. Desde entonces su madre lo llama, casi siempre lunes de por medio, y
le recuerda que el domingo siguiente hacen asado en casa. Gabriel confirma su
presencia y empieza a segregar saliva, que no es más que otra de sus maneras de
emocionarse.
Se sientan uno al lado del otro, él le da una mano para
servir y abren el vino de tres ceros, como lo llama su padre, comprado en la
bodega y tomado sólo un par de veces al mes, cuando se juntan a comer asado, o
mejor dicho, matambre. Claro que hay que disimular. Para eso se cocinan las
achuras, el asado, la bondiola, el vacío y a veces hasta ponen provoleta. Si
hay invitados de los raros se asa algún papín, morrones, berenjenas y demás
verduras. De la misma manera se invita a todo el mundo. No sólo son ellos, su
madre y sus hermanas. También están los tíos, la tía, varios primos, algún
vecino, los amigos de la familia y los infaltables novios o invitados de
ocasión.
Ese domingo no habían sido tantos y primero Gabriel piensa
que menos mal, aunque después le parece que en una de esas el ruido le hubiese
servido para no escuchar.
Eran casi las dos, el sol de octubre se estaba portando, el
humo de la parrilla se perdía rápido en un cielo limpio y las brazas mantenían
el ritmo de la charla. Ya habían comido las achuras. Como de costumbre Gabriel
iba a repartir los diferentes cortes de carne mientras su padre se encargaba
del matambrito, casi con disimulo, en secreto, esperando que todos tuvieran el
plato lleno para ofrecerlo sin ganas y terminar dividiéndolo en tres partes
iguales. Una para los que sin saber de qué se trataba prometían probarlo
después; las otras dos eran para ellos. Y la tía, siempre medio boluda, piensa
Gabriel mientras se vuelve a servir Coca con hielo, fue a decir eso de que a su
amigo le había dado un infarto de verdad. Alguien preguntó sobrador cómo eran
los infartos de mentira y ella, que no sabía que Gabriel no sabía, buscando no
quedar tan boluda, salió con eso de los
que vienen en frasquitos como los que tomó el abuelo.
Costó varios minutos retomar la conversación que su madre
llevó para el lado de las vacaciones. Gabriel trató de hacer como si nada,
sirvió la carne según la rutina, comió junto a su padre el matambre y después
de la sobremesa se disculpó diciendo que tenía que preparar unos exámenes para
la semana siguiente.
Con el tercer vaso lleno de Coca y de hielos a medio
derretir, Gabriel camina hasta el sillón y se sienta. Busca el control remoto
para subir el volumen de la tele y como no lo encuentra se la queda mirando en
silencio. Eructa despacio, sin ruido, y piensa que la próxima vez no va a comer
tantas achuras.
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