martes, 4 de marzo de 2014

Malestar estomacal

Gabriel está parado en el balcón. Si bien es otro personaje y la historia es diferente, el balcón es el mismo de cuentos anteriores. La chica de la inmobiliaria le había dicho que ese era un balcón con monoambiente y el inquilino anterior, al que conoció un día que fue a buscar algo que ya no estaba, le dijo que ese era sin dudas el mejor lugar del departamento. Para Gabriel es una cagada. Chico, lleno de humedad y del olor a comida de las otras casas, ni siquiera le sirve de mirador; da a un fondo sin pileta, con plantas crecidas y mal cuidadas.
Entra. Prende la tele, pasa unos diez o doce canales, le saca el volumen y va hasta la heladera con el control remoto en la mano. Abre la puerta, mira la cerveza, deja el control en uno de los estantes y agarra una botella empezada de Coca. Cierra, busca un vaso y se sirve. Tiene sed. Siente que le quedaron las achuras atragantadas.
A la tía se le escapó justo antes del matambrito a la pizza. Él había esperado toda la semana para comer ese matambre. No sólo era su plato favorito, era el lugar de reconciliación con su padre. Gabriel, que se parecía cada vez más a su abuelo, ese fantasma bajado de un barco que conoció por fotos en blanco y negro y por decenas de historias familiares, encontraba en ese almuerzo una tregua. Un descanso de tantas discusiones inútiles, tantas peleas violentas que terminaron apurando su mudanza al monoambiente a principios de ese año. Desde entonces su madre lo llama, casi siempre lunes de por medio, y le recuerda que el domingo siguiente hacen asado en casa. Gabriel confirma su presencia y empieza a segregar saliva, que no es más que otra de sus maneras de emocionarse.
Se sientan uno al lado del otro, él le da una mano para servir y abren el vino de tres ceros, como lo llama su padre, comprado en la bodega y tomado sólo un par de veces al mes, cuando se juntan a comer asado, o mejor dicho, matambre. Claro que hay que disimular. Para eso se cocinan las achuras, el asado, la bondiola, el vacío y a veces hasta ponen provoleta. Si hay invitados de los raros se asa algún papín, morrones, berenjenas y demás verduras. De la misma manera se invita a todo el mundo. No sólo son ellos, su madre y sus hermanas. También están los tíos, la tía, varios primos, algún vecino, los amigos de la familia y los infaltables novios o invitados de ocasión.
Ese domingo no habían sido tantos y primero Gabriel piensa que menos mal, aunque después le parece que en una de esas el ruido le hubiese servido para no escuchar.
Eran casi las dos, el sol de octubre se estaba portando, el humo de la parrilla se perdía rápido en un cielo limpio y las brazas mantenían el ritmo de la charla. Ya habían comido las achuras. Como de costumbre Gabriel iba a repartir los diferentes cortes de carne mientras su padre se encargaba del matambrito, casi con disimulo, en secreto, esperando que todos tuvieran el plato lleno para ofrecerlo sin ganas y terminar dividiéndolo en tres partes iguales. Una para los que sin saber de qué se trataba prometían probarlo después; las otras dos eran para ellos. Y la tía, siempre medio boluda, piensa Gabriel mientras se vuelve a servir Coca con hielo, fue a decir eso de que a su amigo le había dado un infarto de verdad. Alguien preguntó sobrador cómo eran los infartos de mentira y ella, que no sabía que Gabriel no sabía, buscando no quedar tan boluda, salió con eso de los que vienen en frasquitos como los que tomó el abuelo.
Costó varios minutos retomar la conversación que su madre llevó para el lado de las vacaciones. Gabriel trató de hacer como si nada, sirvió la carne según la rutina, comió junto a su padre el matambre y después de la sobremesa se disculpó diciendo que tenía que preparar unos exámenes para la semana siguiente.
Con el tercer vaso lleno de Coca y de hielos a medio derretir, Gabriel camina hasta el sillón y se sienta. Busca el control remoto para subir el volumen de la tele y como no lo encuentra se la queda mirando en silencio. Eructa despacio, sin ruido, y piensa que la próxima vez no va a comer tantas achuras. 






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